
En tiempos de flexibilización en la circulación de flujos de capitales, los desarraigados sufren dificultades crecientes para atravesar las fronteras y buscar un futuro mejor. Los muros pululan como estandartes de la intolerancia en las ciudades, entre países y continentes.
Sebastián Sigifredo.
Paredes de concreto pululan por los centros urbanos y en sus márgenes dividiendo comunidades. Un fenómeno que no es exclusivo del llamado ‘tercer mundo’ y que cobra fuerza a medida que se profundiza la desigualdad social.
También en el Norte, ricos y pobres viven en guetos, desconectados del afuera, dejando al descubierto la estentórea fragmentación que aqueja a las ciudades.
Sin embargo, la exclusión llevada al paroxismo trasciende a las naciones. Los países desarrollados, haciendo oídos sordos a las demandas de cambio del sistema-mundo en su configuración neoliberal, aplican cada vez más el ‘apartheid social’ fronteras afuera.
Y allí están los muros para atestiguar el eterno retorno de la historia, el resurgir de la intolerancia ¿Esa es la respuesta que ofrecen los países centrales a los desafíos planteados por la crisis del capitalismo tardío?
La desesperación hace mella en los desposeídos y ellos, a pesar de los obstáculos, no claudicarán en el sueño de alcanzar la tierra prometida.
Entonces, ¿de qué sirven las fortalezas que se erigen al margen del Río Grande entre Estados Unidos y México, en Melilla repeliendo a los emigrantes magrebíes que intentan ingresar a la Unión Europea o en Palestina sitiando a las aldeas de un país que aún no nació?
En un mundo con inestabilidad creciente, la intolerancia no hace más que exacerbar las tensiones. Mientras tanto, el sendero del diálogo, que permite tender puentes y sembrar solidaridades, espera ser surcado nuevamente por la comunidad internacional.
Fecha de publicación: 28/02/07
Fuente: http://www.sosperiodista.com.ar/El-Mundo/Muros-contra-el-dialogo
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